El Agua Cercada

Afamada Revista de Literatura Heteróclita

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Nombre: Tony

miércoles, agosto 11, 2010




Dibujos Indios

(Día Diez)

El Ferry salía de Pichilingue a las quince horas y debía llegar a Topolobampo a las veintidós. Era temprano, por lo que todavía tenía cinco horas para dar una vuelta por los alrededores y me decidí por El Triunfo. Era casi media hora de camino. La carretera está en buen estado y mayormente recta. Solamente cuando te acercas a tu destino comienzan las curvas.

Llegué directo al Museo de la Música. Aunque ahora casi es un pueblo fantasma, su opulento pasado minero del siglo anterior lo proveyó de un número grande de pianos. Esos instrumentos son ahora mostrados por el director del museo. Y no solamente hace eso, sino que instruido en la vieja Europa, también los ejecuta con destreza inigualable. Al hacerlo, su cabeza inclinada a causa de un mal congénito, junto con el color muy pálido de su rostro, sirven de marco perfecto para dibujar una atmósfera bastante sui generis. Claro de Luna de Debussy fue mi preferida. Luego pasé a firmar el libro de visitantes. Mientras esperaba observé unos fotos antiguas de la antigua explotación mineral. Había una especialmente intrigante. Tenía una puerta muy grande que claramente tapaba una oquedad mayor. Por sobre el marco de la puerta sobresalían unos dibujos que me recordaron unas pinturas rupestres. Eran muy parecidas a las que de pequeño, durante una excursión escolar, había visto en unas cuevas de la Sierra de Barobampo.

Pregunté por esa foto y el director sin mayores explicaciones, con su cara chueca y blanquecina me remitió con el jardinero. No pregunté la razón, solamente salí y lo encontré inclinado sobre unos rosales. Me fui directo al grano. Y así también contestó:

-No era parte de la mina. Era una cueva india que ya estaba cuando llegaron los franceses. La taparon desde antes de comenzar, porque decían que la gente que entraba no regresaba. Que era una trampa.

Le comenté que los dibujos eran iguales o muy parecidos a los que estaban del otro lado del golfo.

-Es muy posible. Los indios de aquí eran parientes de los yaquis. Aunque cuando llegaron los españoles casi no había. Esta tierra era como el destierro para ellos.

-No sabía que los indios cruzaban el golfo. Ni creí que tuvieran embarcaciones suficientemente grandes.

-Si. Hasta la fecha no se han encontrado restos, ni dibujos de sus barcas.

-¿Y existe todavía esa puerta?

-La puerta todavía está ahí, aunque es un peligro porque ya se está desbaratando.

Guiándome por La Ramona, que es una alta chimenea de ladrillos que todavía tenía la fecha de su construcción en el lado norte, me encaminé a las ruinas. No tardé mas de cinco minutos. Estacioné la moto justo frente a la entrada. Solo quedaba el marco y una de las dos hojas originales de la puerta que alguna vez fue.

Pude ver la pinturas. Permanecían intáctas. Me propuse tomarles fotos y me acerqué. Estaban muy altas. Eran un círculo... un sol con sus rayos, lo que podría ser un par de delfines y lo que del otro lado del golfo los indios llaman una tochi... o sea una liebre. Por lo que recordaba eran los mismos que había visto en la cueva de mi infancia. En esa ocasión tomé una foto que todavía debía estar en el baul de mis recuerdos. Pensé en tomar otra ahora. El techo y las imágenes estaban altas, por lo que me subí a la moto y la arranqué. Me proponía meterla por el espacio abierto, estacionarla y pararme sobre el asiento. De esa manera lograría con el flash y la cercanía que las fotos quedaran mejor.

No me di cuenta. Inmediatamente al pasar el marco de la puerta el piso estaba en declive. Muy pronunciado. Y la tierra muy fina y muy suelta. Por mas que oprimí los frenos me deslicé velozmente dentro del agujero. No parecía tener fin. Gracias a las regulaciones norteamericanas la motocicleta siempre tiene las luces encendidas, así que a pesar de la oscuridad pude guiarla, mientras veía pasar velozmente las borrosas paredes que no parecían estrecharse en ningún momento.

Como en una película del principio de los tiempos, me vi descendiendo por la gruta durante minutos que parecieron horas. No sé cuantos, pero al final llegué hasta un espacio muy grande en el que el piso perdió la inclinación.. El techo no alcanzaba a verse. Y el ruido del motor hacía un eco que me daba una indicación del tamaño. Ahí prendí las luces auxiliares que se usan en la niebla y moví mi vehículo en sentido contrario tratando de regresar. No alcanzaba a ver la luz de la entrada, pero suponía que era por la enorme distancia que debía haber recorrido. Avancé un poco siguiendo las huellas, pero al llegar al declive la llanta trasera resbalaba. Debí haber utilizado llantas de callo, pero traía para carretera. No podía ascender. Evalué mis posibilidades. Dejar la moto era no tener luz. No traía zapatos adecuados, utilizaba botas tipo trail, casi lisas de la suela. Revisé la gasolina, tenía el tanque casi lleno y un depósito extra en uno de los maleteros. Aguantarían unas cinco horas si no aceleraba. Decidí irme al fondo para tomar velocidad y ver si así podía ascender. Lo hice y encontré que parecía que mas al fondo había luz, por eso avancé alejándome de la entrada... y curiosamente mientras mas lo hacía, mejor podía ver. Las paredes despedían una luz fosforescente. Pude entonces ver que las paredes tenían no menos de cuarenta a cincuenta metros de ancho y el techo casi la misma altura.

Continué porque sentía que el aire era fresco y la temperatura agradable. No me di cuenta, pero pasaron los treinta minutos y luego la hora. No veía el fin del camino, pero el lugar se hacía cada vez mas interesante. Aparecieron una especie de helechos y palmas enanas. El camino a mis pies se había hecho sólido y completamente plano. No había curvas, todo el tiempo fue recto.

Luego de un par de horas me detuve. Tenía que tomar una decisión. La gasolina iba consumiendose y quedaba poco menos de la mitad. Mas adelante ya no habría regreso. Recordé que no podría salir caminando y que aquí aunque se acabara la gasolina podía ver. No sabía que hacer, así que me fuí por lo que normalmente se acostumbra; saqué una moneda y la tiré al aire. Ganó el seguir de frente. Ya no dudé. Metí primera, segunda, tercera y llegué a la cuarta. Avanzaba como si fuera en carretera recién construida. Una hora después iba en sexta y a velocidad de autopista. Luego el ronroneo del motor me dijo que comenzaba a ascender. Casi simultaneamente se prendió la señal de reserva y me detuve para utilizar el tanque auxiliar.

Aquí debo comentar que nunca había conducido por un sitio tan extraño y tan bello. La vegetación era escasa y toda de color verde-azulado. El piso parecía de concreto casi pulido. No había tierra o arena suelta. Muy escasos pedruzcos. Las paredes con esa fosforescencia que inundaba de luz todo el sitio. En todo el trayecto no había oído el mas pequeño ruido. Ni había observado nada que sugiriera la presencia de algún animal.

Descansé un rato y ahí sentado comí unas pasas con chocolate que desde San Diego cargaba en un bolsillo. Bebí un poco de agua y luego continué mi camino.

Otras dos horas fueron lo mismo. Luego las plantas desaparecieron y la fosforescencia comenzó a disminuir. Volvió la oscuridad. Me asusté y bajé la velocidad, estaba pensando regresar cuando vi un pequeño punto de luz. Comencé a sentir algo de calor. Mi camino había comenzado a estrecharse. La luz al fondo aumentó. Era de tonalidad amarillenta. La luz de reserva del tanque volvió a encender, tenía para otros quince o veinte minutos. Sin pensar aceleré. Me llegó un olor extraño. Había por delante una rampa que ascendía. Aceleré a fondo y subí. La moto comenzaba a toser cuando me sorprendieron unas rocas atravesadas en el camino. Había un arroyo. No entendía. Me quedé un momento así. Luego me di cuenta... veía nubes y plantas del desierto. ¡Estaba fuera!. Tenía que averiguar ahora donde estaba. Trataba de bajar a un camino de pisadas, paralelo al arroyo, cuando sobre mi lado izquierdo vi la gruta por donde salí. Sobre la parte superior estaban los dibujos que había fotografiado de pequeño.

Desde la Sierra de Barobampo a mi casa fueron treinta minutos. Tuve antes que llegar a cargar gas en San Miguel. Ahí compré unas empanadas de pasta de calabaza y un vaso grande de agua de cebada con Raúl.

Tenía once días de viaje y estaba cansado. Guardé mi motocicleta a un costado del cuarto de lavado. Me quedé observándola un momento... me gustaba. Luego la cubrí. Ya adentro fuí a la salita familiar y encendí la computadora. Luego de un baño prolongado me senté frente a la pantalla. Comencé la carta así; “Logré cosas que nunca antes había logrado, porque hice cosas que nunca había hecho.... ”.

5 Comments:

Blogger francesc said...

Una interesante historia:)

4:15 a.m.  
Blogger Tony said...

Franki... gracias por tu visita... y las tuyas también son historias muy interesantes.

10:25 a.m.  
Blogger Opalo said...

Que el Universo bendiga el caminar de Tony y permita que cuide muy bien de si mismo HOY y siempre.

Un abrazo muy "cercano" desde aqui :)

8:49 p.m.  
Blogger Ricardo Guadalupe said...

Gracias por compartir tu diario de viaje. Eres un gran aventurero, de eso no cabe duda. La ruta 66... El video con imagenes desde la moto es muy evocador. Me gustan los viajes en los que lo que importa es el camino, más que el destino.
Saludos,
Ricardo

2:13 p.m.  
Blogger Trenzas said...

Otra vez se generan posibilidades :)
Me ha gustado conocer a tu amigo canino y saber que encontraste tus pinturas. A veces es necesario atravesar toda una montaña por debajo para eso. Pero tú lo haces fácil.
¡Que suerte tener una moto tan especial...!
:DD

8:48 a.m.  

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