
(Día Siete)
Por la tarde había llegado a San Ignacio.
Me gusta cuando lo hago desde el norte.
Hay unos barrancos muy agrestes, un puente que termina en una curva y de improviso, aparece allá abajo su laguna y los palmares.
Entré por esa callejuela estrecha hasta la plazuela.
Me estacioné bajo los inmensos laureles frente a la iglesia.
En una de las bancas de cemento me recosté por un momento.
Aquí tampoco habría Internet.
Pensaba desandar el camino, cuando desde mi asiento alcancé a ver al fondo de la callejuela un letrero. Me acerqué y comprobé que alguna vez dijo; “Hotel Lexhor”.
Un vecino dijo que preguntara por Doña Luisa.
Me atendió una anciana de tez muy blanca, que me condujo a la única habitación que justificaba el negocio.
No sé si el edificio de la misión jesuita o el hotel era primero en antigüedad.
Tenía paredes de piedra, de más de un metro de anchas, altos ventanales de madera con protecciones de hierro y techos con vigas de madera, mantenidas en su sitio principalmente gracias a las oraciones de todos los que habían estado bajo ellas.
La cena, a invitación de mi anfitriona, consistió en chocolate caliente, pan dulce de los que llaman conchas y antes, una sopa de pasta de caracolitos muy rica, hecha con el caldo en el que cuecen los frijoles y chile de árbol. Así fue como me explicó.
Al final y por la insistencia, tuve que empinar una copa de brandy de jerez. El licor debió haber estado guardado buen tiempo, a juzgar por la capa de polvo.
Luego vino un rato de plática. Sospecho que ese era el pago que realmente esperaba la abuela.
La enteré en un minuto de lo que sucedía en el mundo. Al menos el que yo percibía.
Después vino la contraofensiva por veinte minutos ininterrumpidos.
Así me enteré de como llegó jovencita al pueblo. Como fue contratada misteriosamente en un pueblo del este de los Estados Unidos y lo siempre escaso del tiempo para poder ocuparse de su vida personal. Nunca pudo casarse, aquí no hubo ni había, nadie digno. No tenía ningún pariente y ahora estaba sola cuidando el “Hotel”... y a su contratador... un anciano todavía mayor que ella... que vivía recluido desde hacía muchos años, en una habitación del fondo y que cuando él falleciera, ya podría hacer con esta propiedad lo que quisiera.
El cansancio y el licor no me dejaban ni interesarme ni entender, por lo que aproveché uno de los escasos momentos de fugaz silencio y disculpándome, me refugié en la habitación.
Recé y luego me cubrí con la colcha. Hacía frío. Pero dormí rico.
Otra vez soñé.
Las primeras luces del día dieron en mi cara. Entraban por una ventana, estratégicamente orientada al este. En la oscuridad de la noche olvidé cerrar las contraventanas de madera.
Me vestí y salí a la sala-pasillo buscando el baño. Abrí una puerta y di con un patio. Vi más allá una puerta y supuse que ahí era.
No lo fue.
En lugar de eso me encontré un hombre muy viejo sentado de lado en una mecedora. La cabeza completamente calva estaba recargada hacia atrás. Los ojos en blanco y la boca entreabierta simulaba que reía. Estaba tibio todavía, debió morir mientras dormía. Pensé en avisar a la ahora dueña del lugar, cuando un fulgor verde llamó mi atención. Me acerqué. En el fondo de un ropero brillaba con luz verde fosforescente una roca cristalina. Nunca había visto algo así. No era lo único inusual. El mueble estaba fuera de sitio. Uno de sus lados estaba más apartado de la pared. Más por instinto que por reflexión metí las manos y jalé. Se movió fácilmente como si fuera una puerta. Lo era. Madera y piedra cubrían la entrada a una amplia habitación. De ella salía la misma luz verde pero con mucha mayor intensidad. Di dos pasos dentro. Había rocas verdes en piso, paredes y techo. Eran muchas y de todos los tamaños. En el centro del espacio un bulto. Me acerqué y esperé un minuto para acostumbrar la visión. Había un hombre encadenado a un tobillo. También muy viejo. Vestía un traje azul rey, entallado como si fuera de ballet, con un calzón apretado y una amplia capa, los dos de color rojo intenso. Lo intenté mover. También había fallecido hacía poco. En el pecho una “S” grande dentro de lo que parecía un escudo.
No quise averiguar más.
Regresé a mi habitación. Vagamente me veo empacando y despidiéndome a toda prisa de la anciana... "Señorita Lane"... dijo a modo de despedida.
Me prometí que llegando a Loreto buscaría una biblioteca... ¿habría biblioteca en Loreto?
¿Tendrán archivo de comics?... ¿donde podré averiguar?
En
Crucé Santa Rosalía poco antes del mediodía. A Loreto llegué por la tarde. No encontré ninguna biblioteca, pero había señal de Internet.


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