
Historic Route
Comenzó a bajar la temperatura. Había observado que se modificaba la vegetación. Las plantas parecen anticiparse siempre.
Increíblemente no pasó mucho tiempo y ya el camino se abría paso entre pinos.
El olor cambió completamente.
El motor ronroneaba plácidamente. El fresco también le había agradado.
Ahora venían curvas cada momento.
Fue a la salida de una de ellas cuando los vi por primera vez.
Apenas un atisbo.
Luego ya no los veía.
Pensé; “Me deben haber visto en el espejo y aceleraron”.
No me importó.
Pasé por una salida. No recuerdo el número. Había una estación de gas y en una de las bombas estaba estacionada la motocicleta. No había nadie cerca.
Seguí hasta el pueblo de Williams. Ahí me detuve un rato. Trataba de decidir si tomar la desviación al Gran Cañón o probar un rato la histórica ruta sesenta y seis.
Ya era un poco tarde y decidí esto último.
Al principio me decepcionó.
Era una pequeña carretera de doble circulación.
Apenas cuidada.
Me gustaba que los pinos casi se metieran a tocarte.
El olor se hizo más fuerte.
Comenzaba a oscurecer.
La luz apareció tenue en mi retrovisor izquierdo.
Lentamente creció hasta calcular que venían a pocos metros atrás de mí.
Los brillantes resortes delanteros me decían que era antigua. No podía ver mas, la luz me lo impedía.
Luego se hizo un claro en el bosque. Había una recta.
Bajé ligeramente mi velocidad y con la mano izquierda les hice una señal para que aprovecharan.
Lo hicieron
Fue cuando los vi claramente.
Los dos llevaban casco corto y lentes oscuros. Y ningún otro equipo de protección, como no fueran los desgastados guantes de color indefinible del que conducía.
El rugido del motor era extraño. Casi un llanto muy ronco.
Hacía mucho que no fabrican esas Indian.
Ni se consiguen esas llantas de cara blanca tan ancha.
Los maleteros con tiras colgando.
Mucho níquel y algo de piel.
Muy bonita.
El conductor volteó a verme.
Sus labios sin piel parecían sonreír.
Llevaba sus brazos secos y verdosos apretando fuertemente el manillar.
Observé lo roído de su camiseta. Los agujeros de su pantalón. Los restos de una bota que apenas rozaba el pedal del freno trasero.
El pasajero no se movía. Los huesos descarnados de sus manos apretaban la cintura de su compañero
Antes de entrar en la siguiente curva ya estaban medio centenar de metros adelante. Luego me despidieron como se debe, extendiendo horizontalmente el brazo izquierdo. Ya no los pude ver más.
Llegué al siguiente pueblo.
Ahí me hospedé, en un Holiday Inn.
Compré de recuerdo dos tazas con la inscripción; “California U.S.
A la mañana siguiente seguí por la cuarenta.
No volví a meterme a la sesenta y seis.


1 Comments:
Hizo bien en no volver, mi socio. Los zómbis empomadores son lo más peligroso que hay. UAP, cuchucambiásso.
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