
(Día Uno)
La noche anterior había llegado a la ciudad.
El avión se retrasó en Phoenix y aterrizó poco después de la medianoche.
Desde el aeropuerto estilo “Santa Fe”, el taxi cobró treinta dólares y algo.
El hotel me esperaba y pude dormir rápidamente.
Tal vez por eso desperté descansado.
Caminé hasta la agencia.
La motocicleta de color verde limón estaba a un lado de la entrada.
Me ofrecieron probarla. Contesté montándola y preguntando por la estación de gas más cercana. Apenas les di tiempo de entregarme la factura y los otros papeles oficiales.
Regresé al hotel para subir mi mochila.
La cuarenta es de dos vías. Ambas estaban despejadas.
Los más de cien caballos de fuerza se hicieron sentir.
No vibraba. El carenado protegía tan bien como decía el folleto oficial.
Hacía mucho calor, pero la velocidad y la emoción hacían que no lo sintiera.
A la hora y media tenía todavía medio tanque. Pero vi la tormenta y me detuve a proteger mis aparatos electrónicos en el maletero superior.
Las gotas llegaron poco a poco.
Casi no se notaban en el casco.
Al principio eran solamente ruido.
Como un tic-toc.
De súbito comenzaron a lastimar.
Se hicieron enormes.
Las sentí en los brazos.
La chamarra comenzó a mojarse.
Luego mi pantalón se empapó por completo.
Sonaron truenos como si quisieran advertirme.
Y hacía frío.
Comencé a sentir mucho frío.
El motor me obedeció y aumentó su rugido.
Las llantas ignoraron la lluvia y siguieron aferradas al pavimento.
Comencé a sonreír.
Recordaba mi oficina. El escritorio y todo lo que sobre él tenía. Las cuentas pagadas hacía unos días. Los muchos pendientes de trabajo para cuando regresara. Las escasas y forzadas despedidas.
Por Google Earth revisé unos días antes este tramo de carretera.
Maravilloso programa.
Hasta pude ver con claridad el muro de cemento de la salida 53, la que finalmente escogí.
Y mientras me acercaba a toda velocidad, recordé las amables y preocupadas palabras del Oncólogo.


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