Blandengues
El destartalado y humeante transporte público avanzaba veloz por una de las vías mas concurridas de la ciudad. El aire acondicionado no funcionaba por lo que el ambiente en el interior se percibía denso. Un agudo chillido y la acción de la inercia anunciaron a los pasajeros que acaban nuevamente de detenerse. El chófer merecía respecto a su oficio, el peor adjetivo que se pudiera ocurrir.
La puerta trasera abrió con dificultades y bajaron de un salto dos de los pasajeros. Por el acceso delantero subía penosamente una harapienta y canosa mujer
-Disculpe señor... ¿cuanto hay que pagar?... no se si ajuste...
-Para eso me gustaba... son tres reales... ¡y ya debería tenerlos listos!
La vieja con lentitud los depositó en la mano extendida del cafre. No acababa de hacerlo, cuando el camión arrancó atravesándose al frente de un automóvil. Lo libró por escasos centímetros y dos lineas negras en el pavimento, impresas por la frenada que el asustado individuo tuvo que realizar.
Entre el estudiante con su mochila al hombro y un funcionario menor de alguna de las múltiples subsecretarías, sostenían a la recientemente llegada, que por un pelo de rana no había llegado al suelo.
Se quejó entonces de una rodilla.
-¡Me torcí!... ¡me duele!... ¡aaayyyy!
-¡Chófer!... ¡chófer detente!... ¡la señora se lastimó!
-No puedo... ya voy atrasado y solo queda una parada mas.
-¡Aaaayyyy!... ¡me duele muchoooo!
-¡Chófer no sea inhumano!... mire como se queja.
-¡Y está pálida!
Los mas cercanos observaban el episodio con angustia. No podían creer que existiera tanta falta de sensibilidad. Por un mínimo de cortesía y respeto debería detenerse así fuera un solo minuto. Y cerciorarse de que la pasajera no había sufrido un daño mayor. Entre el estudiante y un obrero de la industria siderúrgica, la sentaron en el lugar que el burócrata conmovido ofreció. La accidentada lanzó un suspiro de agradecimiento al tiempo que sobaba la rodilla afectada. Otro balanceo súbito y un nuevo grito de quien conducía.
-¡Parada del Perro Pinto!... ¡y solo queda la estación!
La gran mayoría bajaron casi corriendo. Algunos porque era su lugar de destino, otros para no seguir arriesgándose. El último de ellos casi quedó atrapado de la solapa.
Por un milagro el vehículo no golpeó la motocicleta de un repartidor de pizzas, pero el legendario agujero del cruce de las calles Matamoros y 20 de Junio, fue atravesado por su punto mas profundo. El salto que dieron hizo que la de la torcida se golpeara la cabeza, con un ruido, que escucharon perfectamente los otros tres infortunados que junto con ella todavía permanecían a bordo. Fue un crack como de nuez partida. Los ojos le giraron en sentidos opuestos y el cuerpo quedó depositado sobre el asiento que ya ocupaba y el de su lado izquierdo.
-¡Chófer!... ¡la vieja se golpeó!... parece que se desmayó... ¡deténgase!... parece que no respira...
En lugar de desacelerar la velocidad aumentó y lo único que lograron fue un gruñido.
-Que desmayada ni que nada... vieja floja ha de ser.
-¡Que si!... ¡no sea tan malo!... ¡vea que la pobre no se mueve!
Lo mas que obtuvieron fue que por el espejo retrovisor asomara un poco.
-En la estación ya me ocuparé de ella...
No acababa de decirlo y ya habían llegado. En cuanto lo hicieron bajaron volteando hacía atrás, vigilando al energúmeno que se dirigía al asiento de la golpeada.
-Nunca lo hubiera creído... ¡nunca vi tanta grosería!... pobre señora... a ver como la trata ese animal...
Se alejaron y esa noche cada uno de ellos contaba a sus familiares lo penoso del asunto.
A esa misma hora y en un cuarto apartado de la estación, permanecían sentados el chófer y su víctima frente a un extraño instrumento, en el que titilaban variadas luces fosforescentes y del que se desprendían extraños chirridos.
Luego, en un idioma nunca oído, hablaron;
-Oficial masculino informa... reporte positivo. Humanos blandos.
-Oficial femenino informa y confirma.... reporte positivo. Humanos blandos. Aptos para ser invadidos.


0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home