
Tarde de otoño
El último de los automóviles se aleja haciendo que las piedrecillas del camino crujan. Detrás de él un polvo blanquecino se levanta casi sin ganas, y así lentamente, cae ensuciando los arbustos. Sopla un viento apenas ligero, con un frío nuevo. Las hojas se mueven perezosamente y desde hace rato se pasea un olor a mezcla de hierbas, hojas que comienzan a descomponerse y tierra recién removida. En el cielo una nube solitaria cambia lentamente de forma. Parecería querer desesperar al mas paciente. Un pajarillo se asoma desde los restos de su nido, apenas se puede distinguir entre las ramas, voltea nerviosamente a uno y otro lado. Luego emprende el vuelo. Se aleja hacia el sur. Es el principio del otoño. Tal vez por eso pasa por encima una uve simétrica de aves grises. Grazna repetidamente una de ellas. La noche anuncia su llegada con manchas rojas que llegan entre restos de la luz del sol. Del otro lado está oscuro, ya apareció una estrella y a lo lejos estallan relámpagos silenciosos.
Gozas del momento. Estas seguro de que no hay ningún remordimiento. Nada pendiente.
Repentinamente se hace un silencio. Los pájaros han desaparecido. El viento se detuvo por completo. Los árboles no se mueven. El cementerio permanece así. Luego sientes un escalofrío. Has oído claramente una voz. Te llama. Y desde dentro de tu ataúd piensas; “Así es como termina... así es como comienza”.


7 Comments:
Club privado
por Sergio Gaut vel Hartman
Pedro entró, abrumado por la timidez, como siempre, y fue directo al salón especial, donde Él se divertía, rodeado por una multitud de seres estrambóticos.
—Perdón, Señor.
—Adelante, Pedro, estás en tu casa, con confianza —respondió Dios, multiplicado. Discutía de política con Marx y Sartre, les refutaba cuestiones de física cuántica a unos cuantos, mientras jugaba al ajedrez con varios excampeones. De pronto se trenzó con Picasso, Houptermann y Vidal por el asunto de la validez de las vanguardias justo cuando era el turno de Dawkins, que se quedó mascando bronca.
—Señor, los piadosos se quejan e impacientan. Forman filas de varios pársecs de extensión.
Dios resopló.
—¡Los piadosos! ¡Cómo me aburre esa gente!
Saludos!!!
pakok
Me parece que esas filas -¿a Dios gracias?- se han ido acortando...
¿El martes al Maviri?
Con una llamada...
Que buena reflexión, esa frase final, que cierra un breve estupendo.
Supongo que es un deseo generalizado poder darnos cuenta de un poquito más después de morir.
Ese minuto de lucidez...
:)
Un abrazo grande, escritor excelente.
Amiga trenzas;
Esta vida... "una probabilidad en un valle de posibilidades"... genera un sin número de esperanzas... espero (como tú misma) ser una de ellas...
¡Un abrazo!
y yo, ingenua, creyendo que la muerte es capaz de detener la maquinaria reflexiva...
Gisofania amiga:
Ni el nacimiento crea la conciencia, ni la muerte la finaliza... solo la transforman... digo yo.
Es increíble, llegando a la mitad del relato pensé "es un atardecer hermoso para morir". Y me encantó.
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