
Excursión
Nos escondimos entre unos matorrales. La bolsa de dormir y los víveres permanecían bajo los escalones de madera de la oficina administrativa. Pronto llegó la hora de salida y el sitio quedó mas desierto que una oficina burocrática en domingo. Salimos lentamente. No nos habíamos sentido incómodos. Todo lo contrario, permanecer así, juntos, y acurrucados uno contra el otro, era algo que habíamos esperado hacía mucho.
Luego fuimos a recuperar nuestro equipaje. Estaba intacto. Emprendimos el camino. Era cuesta arriba y duró cerca de media hora. El sendero estaba limpio y bien trazado. Llegamos al sitio elegido en el mejor momento. Desplegamos nuestras cosas bajo las ramas y la fragancia de un eucalipto. El silencio denunciaba que no había permanecido ningún vigilante. Teníamos el parque entero para nosotros. Improvisé una tienda.
Comenzó a ocultarse el sol, las sombras se alargaban y se juntaban. Desde la orilla del acantilado me gritaste; “¡Ven!... ¡que ya se va!”. Abrazados lo vimos desaparecer. Las nubes se hicieron rosas, después violetas y no tardó en aparecer un cielo estrellado e inmenso.
No dijimos nada, permanecimos en silencio. Y así en silencio y tomados de la mano, regresamos.
El lugar era elevado. Desde ahí se veía casi toda la bahía. Distinguimos los barcos fondeados y sus luces que apenas nos llegaban. Aquí ahora todo se tornó oscuro. Luego comenzó el frío. Tu silueta apenas se adivinaba. Me orientaba su calor.
Apareció la luna entera. Nos recostamos y nos cubrimos. Abrí la botella de vino. Partiste el baguette. Teníamos una sola copa. Bebías de ella y yo de tu boca. Cada sorbo un beso. Cada beso una caricia.
Contamos algunas estrellas fugaces y otros tantos deseos, que al final fueron uno solo.
Pensé que era hora de hablar cuando oí tu sueño. Me acomodé con cuidado.
Nos despertó la aurora.
Mi pierna izquierda amaneció entumida y tu pelo con una hoja de hierba.
Sonreíste.
Dejamos la bolsa y la botella vacía dentro del basurero de la entrada.
Salimos sin que volteara a vernos el primer guardia. Fueron pocos los minutos hasta mi automóvil. Un rocío fino lo cubría. Los parabrisas funcionaron bien. Al llegar a la ciudad todo permanecía en calma.
Me diste un beso de despedida. Permanecen su tibieza y el brillo de tus ojos. No quedamos en volver a vernos.
La costumbre hizo que en casa nadie preguntara nada. Solo la pequeña, mas tarde me dijo; “¿Atendiste a un paciente grave anoche, papá?


10 Comments:
Si Tony, pero las cámaras de seguridad lo filmaron todo y ahora están en youtube. Lo siento. :P
Alguien tendrá que hacer algo pronto con Youtube...
¡Un abrazo Lord!
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Tony, me gustó el cuento. Bien llevado, con las palabras justas. Y la aventura que es parte de la vida. Dale una releída a Bertrand Russell para que veas que vas por el camino correcto.
Solo una pregunta; ¿no había muchos jejenes?
PakoK
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Pakok:
No hubo jejenes... y si los había ni los sentimos...
seguro el vino era un malbec roble
Milady:
Hecho de uvas cosechadas al inicio del plenilunio y reposado entre las notas de "Song To The Moon" de Dvorak.
me lo encontré por ahí en un blog
Estamos condenados a desaparecer. Irremediablemente. Lo cual constituye por demás de una pureza indescriptible. Nada, absolutamente nada quedará. Ni Cervantes ni el tipo que acaba de estrellarse en su moto. El Vaticano desaparecerá. Dios. No quedarán vestigios de nuestra presencia en el Medioevo. Los asesinos y sus víctimas desaparecerán. Y vienes tú, pedazo de nada y me amenazas con matarme sólo porque me cogí a tu mujer. ¡Vamos! Cógete a la mía. Seamos amigos. Antes de desaparecer.
pakok
Hermoso texto besos
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