San Javier
(Día Ocho)
El hotel Loreto Bay tiene playa privada. Su construcción está orientada contemplando el Mar de Cortez y si no corres correctamente la cortina, el sol te despierta temprano. Eso me sucedió.
Y ya despierto no hubo más remedio. Mejor me levanté, me rasuré luego de que en varios días no lo había hecho y caminé al restaurante que está al lado de la piscina. Desayuné algo que no recuerdo.
Mi humor mejoró cuando a mi mente llegó el momento en que conecté mi laptop y tuvo señal de Internet. Subí algunas fotos del viaje y escribí, ahora tenía que esperar.
Todavía no había decidido que haría ese día, pero lo hice cuando vi el tríptico de propaganda de una misión y un pequeño pueblo en lo alto de la sierra llamada San Javier. Aparentemente estaba alrededor de una hora de camino.
Con el tanque lleno de gasolina premium enfilé por la pequeña carretera, bien asfaltada y señalizada. Desde la costa se interna rápidamente en la península. En quince o veinte minutos sube una altura considerable y al dar la vuelta en algunas curvas, todavía se alcanza a ver el mar muy abajo. Luego se llega a unas cuevas pintadas que están apenas protegidas y con basura de los visitantes. Afortunadamente no parecen ser muchos. Un arroyo de aguas cristalinas pasa por un lado y me gustó encontrar unos pecesillos de colores viviendo ahí.
Luego se termina la carretera y se convierte en camino de terracería. El terreno se hace casi plano. Aunque aparecen unas montañas que te rodean y así encuentras el lugar, sitiado por unas montañas en tres de sus flancos. Fui a ver la parra mas vieja del continente y la iglesia que parecía serlo. Afuera había un pequeño puesto de comida. En él solamente pedí instrucciones para llegar a la casa donde vendían los encurtidos, que son dulces regionales hechos con diferentes vegetales.
La vieja que los vendía, todavía tenía algunos enfriándose sobre la hornilla de leña donde los preparaba, en la parte posterior de la casa. De ochenta y dos años de edad, nunca había salido del pueblo. Su madre también ahí nació y ahí murió.
Tenía unos vecinos teutones, así los nombró. Esos eran los nuevos, tenían poco mas de sesenta años que habían arribado. Doña Eva era rubia, muy bonita, aunque ahora su cabello estaba completamente blanco y ya llegaba a los noventas. El esposo, de pelo negro, había fallecido hacía algo así como veinte años de una dolencia nerviosa. Desde que llegó temblaba mucho. Decía que había ido a recuperarse. Le sobrevivían dos hijos, uno de ellos se fue a vivir lejos, pero el otro andaba por ahí.
Le compré unos encurtidos de tomate y me los entregó en un frasco bien lavado. Los metí al maletero derecho con cuidado de no dejarlo muy suelto. Me disponía a partir cuando el hijo que andaba por ahí llegó a visitar a la madre cabeziblanca. No resistí la tentación y me quedé observándolo. Vestía todo de caqui. No era muy alto, pelo lacio, bigote pequeño y aunque caminaba con soltura, debía andar por los más de sesenta años. Lo acompañaba un perro pastor alemán, que en cuanto me vió corrió hacia mí. Siempre me han gustado. De pequeño tenía uno que en casa llamábamos Tifón.
El dueño lo tuvo que seguir. Me lamía la mano cuando lo alcanzó.
-¡Disculpe usted!.
-No se preocupe. Me encantan estos perros. Son muy nobles.
-Si... no suele haber muchos visitantes por aquí. ¿Le puedo ofrecer un vaso de agua?... ¿un refresco?
-Claro. Me disponía a regresar, pero antes de hacerlo no caería mal algo líquido.
La madre, encorvada por la edad, sonreía todo el tiempo. El pelo, efectivamente blanco, lo llevaba peinado en dos trenzas recogidas en círculos. Hablaba en voz muy baja y con un acento extraño.
Era temprano, apenas llegaría el mediodía y mi anfitrión me ofreció cerveza. La rechacé y acepté una Coca Zero. Él se colocó un tarro de casi dos litros de cerveza negra por un lado. Esto iba para largo.
Me gustaron los pequeños panecillos y unas salchichas que yo nunca hubiera adivinado disfrutar aquí. Pláticamos mucho y sobre todo de la situación internacional. Parecía bastante enterado a pesar de vivir en medio de la nada. Incríble lo que sucedía en Palestina. Propuso un par de soluciones en las que los judios salían bastante mal parados. A ratos sentía como si lo conociera de alguna película, pero no me atreví a decirselo. Una Coca y dos tarros más adelante, Karl, que así se llamaba, comenzó a cantar. Tenía una voz agradable y lo que entonaba me recordó aquella película de Julie Andrews donde se enamora del Capitan Von Trapp a pesar del montón de hijos.
Se hizo algo tarde y tuve temor de que oscureciera, por lo que a pesar de los ruegos me levanté. Mi anfitrión casi no lo podía hacer. Luego se puso serio y comenzó a llorar. Pensé que lo que seguía es que lo tendría que llevar cargando a su lecho. No fue necesario. No lo hubiera creído, pero se levantó sin esfuerzo alguno. En voz baja me dijo casi al oído:
-Mi padre fue muy importante. Tan importante que mi madre y yo estamos pagando... mi hermano... mi hermano se fue con otro nombre, con otra identidad... y aún así lo atraparon. Nadie supo. No quisieron que se supiera. No quieren que se sepa la verdad. Afortunadamente no habló o no le dieron tiempo. Algún día...
No sabía que decir, alcancé a articular:
-Los pecados de los padres no deberían...
-Mein Führer... mi padre el Führer...
Karl se sentó con las manos tapándose la cara. Se hizo hacia atrás y quedó profundamente dormido, roncaba. Yo ya sabía a quien me recordaba. No intenté despedirme. A la salida el perro me siguió meneando la cola. El viaje de regreso fue tranquilo y llegué al Loreto Bay todavía con un poco de luz del día.
Cené temprano y en la soledad del cuarto encendí mi laptop.


1 Comments:
¡Que buenos dos cuentos con personajes "casi vivos"...!
Me cuesta imagina a Super muriendo metido en kryptonita o casi :(
Claro que sería la única forma.
Y este es una de esas "posibilidades" que muchos estarían dispuestos a creer, que querrían creer. Por suerte sólo es un cuento, no fuera caso que este Karl cambiara de idea :)
brazos fuertes, querido Tony.
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