
Había atravesado un parque en el que las hojas de maple se amontonaban.
Casi pisé el charco de una fuente. Estaba al ras del suelo y el chorro del agua salía del centro.
La rodeé y me senté en una banca de madera húmeda.
El olor… ese olor nunca lo podré olvidar.
Continué mi camino y cinco minutos después estaba en la entrada del Museo Británico.
Es gratis e inmediatamente a mano izquierda está la tienda de souvenirs.
No encontré nada interesante y comencé mi visita.
Ahora no recuerdo exactamente que vi primero.
Solo que tenía menos de una hora, cuando me encontré frente a la estatua.
Sentados frente a ella estaban tres o cuatro dibujantes. La muchacha pelirroja medía con su pulgar y un ojo cerrado. El muchacho del abrigo militar mantenía un lápiz en su boca. Los otros dos estaban con la cabeza baja, absortos en sus trabajos.
No había ninguna otra persona en la sala.
Me pareció raro, el museo estaba a reventar.
Luego entró otro individuo. Se dirigió a los muchachos en un idioma que no distinguí.
Se levantaron y guardaron sus cosas.
Salieron.
La muchacha regresó por una bolsa que había dejado al pie de la figura y se fue casi corriendo
El lugar permanecía desierto.
Me acerqué a
El mármol brillaba en un tono semimate.
Amarillento y cremoso.
Con una mano intentaba cubrirse, con la otra se apoyaba, mientras permanecía hincada.
No se oía ningún ruido, solo un rumor tenue de gente que se movía a distancia.
Me acerqué un poco mas, quería ver de cerca su rostro.
De súbito me llegó un olor dulce.
Volteé hacia atrás. No había nadie.
Luego un tono a sudor.
Panes recién horneados.
Pasto fresco.
Me pareció oír algo.
Era el silencio.
El rumor de pisadas y murmullos había desaparecido por completo.
Lentamente llegó el tintineo de una corriente de agua.
Y una música, como de flautas, lejana.
Me pareció ver un movimiento.
Me hice para atrás.
La mujer-estatua movía una mano.
Lentamente la despegó del piso, la elevó y mientras se medio incorporaba, pude ver que arrojaba agua a su frente.
Unas gotas mojaron mi chamarra.
Pasó la mano por el rostro y la enjuagó.
Luego regresó a su posición original.
El tintineo cesó.
Se escucharon pisadas.
Se asomaron unos turistas japoneses.
Todos con una cámara digital colgando del cuello.
Volví mi vista a la figura.
Me cerró un ojo mientras esbozaba una sonrisa.
Ya no se movió.
El olor había desaparecido.
Los japoneses se acercaron y la acribillaron con sus flashes. Estaban prohibidos.
Entendí la resequedad y las ganas de refrescarse.
Me acerqué y acaricié una de sus rodillas. También estaba prohibido.
De ahí me dirigí a la sala asiria.
Dos grandes seres alados cuidaban la entrada.


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