El Agua Cercada

Afamada Revista de Literatura Heteróclita

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Nombre: Tony

martes, abril 14, 2015



La nevada

Era verano, o al menos se suponía que lo era.
Pero había nevado.
Además aquí, en esta región del mundo, no nevaba.
Por eso había dudado.
Abrió la puerta del frente y vio todo cubierto por una capa blanca.
Pensó que era niebla densa.
La mente, cuando no conoce algo, trata de explicarlo con lo que tiene.
Pero era nieve y seguía cayendo.
Y por si quedaba alguna duda, hacía frío.
Mucho frío.
Se vistió y buscó al fondo del closet una chamarra.
Solo tenía de las cortas y delgadas.
Es que aquí no hacía frío nunca.
O no tanto.
Y este ya comenzaba a invadir la casa.
Tomó el teléfono para hablar con la granja vecina.
Nadie contestó.
Oía que sonaba, pero nadie acudió a contestar.
La viuda y sus hijos han de estar afuera.
Jugando o explorando la nieve.
Eso pensó.
Preparó café en la máquina coladora.
Usó una servilleta de papel como colador.
Hacía tiempo que se habían acabado los filtros.
Los pies estaban entumidos.
El suelo estaba helado y no lo había notado.
Fue a ponerse doble calcetín.
Recordó la vieja camisa manga larga de franela y la encontró al fondo del cajón de abajo.
Luego se quitó el pantalón y se puso el de la pijama.
Era de algodón delgado, pero de algo serviría traerlo abajo del otro.
El café estaba listo.
Comenzó a beberlo acompañándolo con galletas marías.
En su tierra no tenía nada sembrado.
Así que no había nada que quemara la nieve.
Hacía muchos años una helada rara y a destiempo destruyó medio maizal.
Pero hoy era nieve.
Y en verano.
Encendió la radio pero esta permaneció muda.
Oyó ruidos afuera.
Alguien estaba en los escalones de acceso.
Debía ser el mayor de los hijos.
Se incorporó y caminó a la puerta.
Afortunadamente no la abrió.
Presintió algo.
Se asomó por la pequeña ventana.
Un oso que se sostenía sobre sus patas traseras olfateaba el aire.
Aseguró la puerta y se quedó sin moverse un rato.
Los ruidos se alejaron.
Se atrevió a volver a mirar y lo vió alejarse lentamente.
Nunca había visto un oso.
Una vez mató un coyote, y vívoras de cascabel varias, pero nunca un oso.
Ni sabía que hubiera en este lado del país.
Hacía más frío.
Arriba del mueble del comedor, envuelta en un trapo aceitado estaba la escopeta.
Tenía años que no la tocaba.
Los cartuchos estaban en el cajón de la derecha.
La cargó y la puso a un lado de la puerta.
La nieve continuaba cayendo.
Tenía chimenea pero no recordaba cuando la usó por última vez.
Además no tenía leña.
A menos que... el mueblecito que el fin de semana pasado sacó.
Estaba a un lado de la puerta de la cocina.
Fue por el y encontró todo peor.
La puerta abrió con dificultad.
La madera se había hinchado o pegado por el frío.
El empujón hizo que crujiera.
Metió rapidamente el mueble.
El frío era terrible.
No recordaba un frío así.
Llevó todo a la sala y puso el cajoncito de en medio como base.
Luego con sus botas quebró el resto.
Estaba hecho de madera de aserrín y pegamento.
Ya no los hacían como antes.
Acomodó todo y la encendió.
Tardaba porque parecía estar húmeda.
Pero el humo no se metía a la casa.
Lentamente el fuego comenzó a subir la temperatura de la habitación.
Los cristales de las ventanas estaban empañados.
Acostumbraba dormitar por la tarde en el sillón grande.
Desde ahí podía ver el camino.
Se recostó a pesar de ser temprano y arropó con la frazada azul
Tenía hoyos pero le tenía cariño.
Ahora no distinguía nada por esta ventana.
Y seguía con frío.
No transcurrieron diez minutos cuando comenzaron los aullidos.
Se levantó y limpió un vidrio.
No era que estaban empañados, era hielo.
Lo había tenido que raspar.
Y esos animales estaban muy grandes para ser coyotes.
Aún a lo lejos se podía apreciar su tamaño.
Y que eran varios.
Una claridad tenue iluminaba hasta donde comenzaban los árboles.
Intentó usar el teléfono de nuevo.
Ahora no emitía ninguna señal.
El fuego en la chimenea disminuía.
Sacrificaría la silla de barrotes gruesos.
Nunca le había gustado.
Pero ninguna otra cosa más.
A regañadientes la trajo.
No podía hacerla pedazos, así que la metió completa.
Apenas cabía.
Se recostó de nuevo con ese frío que ahora le comenzaba a llegar a la cabeza.
Comenzó a cerrar los ojos
Tenía un sueño inexplicable.
Y a soñar en aquellos años en que viajó a la sierra...

-Ya está cerrado. La saturación del oxígeno comenzó a bajar.
-¿Está seguro de que no siente nada?
-Desde hace tres días cesó toda la actividad cerebral.
-¿Pero no existe la más mínima posibilidad?
-Si la hubiera nunca estuvieramos haciendo esto.