El Agua Cercada

Afamada Revista de Literatura Heteróclita

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Nombre: Tony

miércoles, junio 20, 2012



Ya fui y ya regresé

Mi profesión es muy estresante.
Había tenido muchos días cargados de mortificaciones.
Por eso me apunté para recorrer La Baja en motocicleta.
Iniciamos en Mexicali, pero lo difícil comenzó al sur de San Felipe.
Termina la carretera de sopetón.
No hay nada, solo una simulación de camino mal trazado.
Lleno de arena como talco y pedruscos afilados.
El calor era infernal y no había ninguna señal.
El sistema satelital logró que cada que me perdía solo fuera por minutos.
Aprendí que hay que llevar agua no solamente para beber.
También para mojar el interior del casco, la chamarra y todo lo que pudiera de mi indumentaria.
También entendí que cuando uno está en el desierto, la cámara nueva de catorce megapixeles y no se cuantos aumentos, vale tanto como su peso en plomo.
La llanta delantera luchaba por salirse de la recta.
Y la trasera no quería mas que brincar de un lado a otro.
Pudimos descansar un pequeño momento en el tejabán de "El Coco". Amputado de los dos pies y que por eso camina en los muñones.
Tiene una colección de calzones colgados del techo y es experto en hablar en doble sentido. Vende cerveza y tiene un taller mecánico con una colección de excusados (retretes) en medio de la nada.
Para llegar -por fin- al siguiente pedazo de asfalto, recorrimos una vereda que "El Coco" nos recomendó, y rematamos zumbando por el lecho seco de una antigua laguna.
Había leído que en el desierto la temperatura varía mucho.
Por eso no me sorprendió que al llegar la noche hiciera tanto frío.
Para lo que no me había preparado era para sentirlo.
También había oído que en un vehículo abierto una cosa es la temperatura y otra la sensación térmica que se tiene por el movimiento.
Tampoco me había preparado para eso.
Ese primer día recorrimos la mitad de la península.
Llegué muy tarde a Guerrero Negro.
Una hora antes de la media noche.
Mas temprano había pensado que "El Coco" estaba medio loco, pero esa noche que me vi en el espejo de mi cuarto no supe quien estaba más.
Mi consuelo fue que varios llegaron todavía después.
Quince horas de viaje casi continuo.
De pie sobre los pedales la mayor parte.
Así bajas el centro de gravedad y no dejas que las patinadas te derriben.
Además te apoyas con el peso del cuerpo sobre los manubrios y tienes mas posibilidad de aguantar la fuerza de los obstáculos.
Parecería que el desierto tiene vida.
Trata de voltearte y hacer que caigas a cada segundo.
Los siguientes días no quise seguir el camino de terracería.
Por mas que no tuve oportunidad de probar la eficiencia del protector cervical.
O la tecnología de punta del casco J1 Schubert,
Por no hablar de las coderas y hombreras de la chamarra.
La carretera asfaltada tenía tramos en reparación, pero fueron los menos.
A lo mejor un par dispuestos con una brillante malicia.
Como el de la Cuesta del Infierno, antes de Santa Rosalía, que combinaba piedras, lodo y arena.
O el de piedrecillas sueltas al salir de la primera curva luego de San Ignacio.
Y hay que mencionar el calor, el mayor calor que he sentido en mi vida, entre Santa Rosalía y Mulegé.
Es un valle en el que siempre hay remolinos.
Supongo que por esa temperatura de los mil demonios.
Con todo pude tomar algunas fotos (al final decidí no desprenderme de todo el lastre que cargaba).
Y en un par de días, durmiendo la mayor parte de ellos, llegué a recuperarme cerca del cien por ciento.
Hoy de nuevo estoy en mi trabajo.
Otra vez abrumado.
Y con ganas de volver a relajarme en La Baja.