La Granja de Caracoles
El automóvil de muy reciente modelo corría velozmente. El conductor, sin aminorar la marcha, responde con su voz al dispositivo electrónico que enciende su teléfono celular;
-¡Si, diga!
-Soy Bos, para recordarte la cita de las dieciséis con las personas de la exportadora y la de las dieciocho con el Círculo de Calidad.
-No te preocupes.
-Y la de las veinte con treinta en casa de los Zubieta. Fatal que llegues tarde, se nos va el contrato de Nío.
-Si, no te preocupes, te repito. Son las catorce con diez, llego a la granja, veo al encargado y regreso en veinte minutos cuando mucho. Tenemos que estar libres a las veintidós, no puedo volver a fallar esta cena de navidad.
-Bien, dile a tu mujer que no se mortifique, ahí estarás.
-Bye.
Prácticamente sin hacer ningún ruido gira por un camino secundario, reduce la velocidad, se aproxima a una cerca de alambre de púas, continúa por una vereda de terracería hasta detenerse frente a dos pilares blancos de ladrillo y una puerta enrejada, hecha con viejas tablas de madera. Apaga el motor, con movimientos automáticos desprende el cinturón de seguridad, abre la puerta y desciende. De uno de los pilares cuelgan un triangulo y un pedazo cilíndrico de hierro. Los golpea y espera diez segundos. No aparece nadie. Vuelve a llamar. El viento sopla ligeramente y le mueve el cabello. Nota un aroma a hierba. Vuelve la cabeza hacia el cielo y, observa el cielo azul intenso, unas nubes, vuelve a golpear con más fuerza. Ve el reloj, se asombra, han pasado quince minutos. Escucha una voz lejana;
-¡Voy!, ¡voy!
Un viejo camina acercándose lentamente. El reloj marca otros tres minutos más hasta que llega. Levanta el pasador y abre el enrejado. Permanece observando en silencio.
-Buenos días, perdón, buenas tardes. Soy Edmundo Ferris de Gastronomía del Golfo. Vine por el asunto de los caracoles.
-¿Cómo?, ¿qué dice?
-Los “escargots”, los caracoles. ¿Ustedes producen caracoles, verdad?
-¿Caracoles?, ¿qué?... ¡ah!, ¡si, caracoles!
-Si, los caracoles.
-¿Qué tienen los caracoles?
El joven empieza a desesperarse. Voltea a ver su reloj. Casi media hora.
-Vengo de Gastronomía para tratar un pedido de caracoles. Tenemos que enviar mañana mismo cincuenta kilos a …
Se interrumpe. El viejo está sonriendo y señala con el dedo índice hacia un árbol.
-¿Qué?
-Se escondió ahí. Pero ya la vi. Se cree que es muy lista.
-¿Quién?
-¿Quién?, la ardilla renga.
Se sentía confundido. Una ardilla, ¿renga?, ¿de que hablaba este viejo?. Nuevamente siente el viento entre el cabello y un olor curioso que quiere recordar. Un cuervo grazna muy arriba. Voltea y ve unas nubes algodonosas, se mueven lentamente y entre ellas, como en una pintura antigua, se filtran haces de luz. Baja la vista, descubre que el viejo camina hacia la sombra de un galpón. Corre para alcanzarlo.
-Disculpe, ¿no me oyó?, vengo por caracoles. Un pedido.
-Venga, vamos a sentarnos ahí. Ya estoy grande y me canso. ¿De donde dice que viene usted?
-¿Eh?, ¿de donde?, ¿ups!, ya estoy igual. Lo siento, no quise decir…
-¿Qué?
-No, nada. Vengo de Gastronomía del …
El viejo levanta la mano indicando silencio. Acomoda una silla y le indica la otra. Permanecen sin decir nada. El viento otra vez. Voltea al cielo, una nube le parece que forma un dragón, no puede evitar sonreír. Unos gorrioncillos se le acercan, picotean el pasto, se voltean hacia el, lo observan, vuelan hacia las ramas de un eucalipto. Llega el olor.
-¡Es alfalfa!, la recuerdo, de la granja de un tío.
-Si, es su tiempo, la están cosechando. Hacen pacas para los borregos.
-Hacía tiempo que no olía ese olor y los pajarillos…
-Si.
-Es curioso, hacía mucho que no tenía esta sensación. Hay mucho silencio.
-Estamos lejos de la ciudad.
-Aún así, apenas se oye el ruido de las hojas. Y la quietud que se siente… es rara.
Voltea al cielo. Hay más nubes. Juegan a dibujar figuras. Adivina un perro, un pino de navidad, ¿una ardilla renga?
-Oiga, ¿donde se escondió la ardilla?
-Allá, en la esquina de la cerca. Juega conmigo, hace como que fuera fantasma. Le dejo migajas y las toma cuando cree que no la veo.
Ha pasado hora y media. El viejo relata como conoció la ardilla. La encontró herida una mañana. La llevó a casa y le curó la patita. A los quince días la liberó.
-¿Hay conejos?
-No, hay liebres, pero muy ariscas. Chillan como niños cuando hace frío, les dejo comida y hasta entonces me dejan dormir.
Dos horas y media. El cielo se tiñe de gris. Al poniente las nubes se tornan rojizas. El viento se hace más fresco. El teléfono del vehículo suena, no hay quien conteste. Tres horas.
-Este café que tomamos es de talega. Los granos los tostamos aquí mismo, con azúcar, para que pinte.
-Sabroso, hacía tiempo que no probaba uno así.
Se movieron hacia dentro de la casa.
-Aquí no se siente el frío. Voy a encender la chimenea y calentar la cena, tengo pavo.
-Gracias. De verdad no sentí cuando quedé dormido en la silla.
-No se preocupe. Se ve que estaba cansado. Con la cena se va a sentir mejor todavía.
Ocho horas. El teléfono ha seguido llamando. El joven despachó su comida y duerme placidamente en un sillón frente al fuego. El viejo lo cubre con una gruesa manta de lana. Lo observa en silencio y adivina lo que va a suceder. Comienza a recordar; el caro y afamado restaurante, el orgullo de haberlo logrado, la fatiga que no había advertido, la curiosidad por experimentar un platillo nuevo para la cena de navidad, decidió comprar unos kilos de caracoles y al llegar a la granja, el aire acarició su pelo.
El automóvil de muy reciente modelo corría velozmente. El conductor, sin aminorar la marcha, responde con su voz al dispositivo electrónico que enciende su teléfono celular;
-¡Si, diga!
-Soy Bos, para recordarte la cita de las dieciséis con las personas de la exportadora y la de las dieciocho con el Círculo de Calidad.
-No te preocupes.
-Y la de las veinte con treinta en casa de los Zubieta. Fatal que llegues tarde, se nos va el contrato de Nío.
-Si, no te preocupes, te repito. Son las catorce con diez, llego a la granja, veo al encargado y regreso en veinte minutos cuando mucho. Tenemos que estar libres a las veintidós, no puedo volver a fallar esta cena de navidad.
-Bien, dile a tu mujer que no se mortifique, ahí estarás.
-Bye.
Prácticamente sin hacer ningún ruido gira por un camino secundario, reduce la velocidad, se aproxima a una cerca de alambre de púas, continúa por una vereda de terracería hasta detenerse frente a dos pilares blancos de ladrillo y una puerta enrejada, hecha con viejas tablas de madera. Apaga el motor, con movimientos automáticos desprende el cinturón de seguridad, abre la puerta y desciende. De uno de los pilares cuelgan un triangulo y un pedazo cilíndrico de hierro. Los golpea y espera diez segundos. No aparece nadie. Vuelve a llamar. El viento sopla ligeramente y le mueve el cabello. Nota un aroma a hierba. Vuelve la cabeza hacia el cielo y, observa el cielo azul intenso, unas nubes, vuelve a golpear con más fuerza. Ve el reloj, se asombra, han pasado quince minutos. Escucha una voz lejana;
-¡Voy!, ¡voy!
Un viejo camina acercándose lentamente. El reloj marca otros tres minutos más hasta que llega. Levanta el pasador y abre el enrejado. Permanece observando en silencio.
-Buenos días, perdón, buenas tardes. Soy Edmundo Ferris de Gastronomía del Golfo. Vine por el asunto de los caracoles.
-¿Cómo?, ¿qué dice?
-Los “escargots”, los caracoles. ¿Ustedes producen caracoles, verdad?
-¿Caracoles?, ¿qué?... ¡ah!, ¡si, caracoles!
-Si, los caracoles.
-¿Qué tienen los caracoles?
El joven empieza a desesperarse. Voltea a ver su reloj. Casi media hora.
-Vengo de Gastronomía para tratar un pedido de caracoles. Tenemos que enviar mañana mismo cincuenta kilos a …
Se interrumpe. El viejo está sonriendo y señala con el dedo índice hacia un árbol.
-¿Qué?
-Se escondió ahí. Pero ya la vi. Se cree que es muy lista.
-¿Quién?
-¿Quién?, la ardilla renga.
Se sentía confundido. Una ardilla, ¿renga?, ¿de que hablaba este viejo?. Nuevamente siente el viento entre el cabello y un olor curioso que quiere recordar. Un cuervo grazna muy arriba. Voltea y ve unas nubes algodonosas, se mueven lentamente y entre ellas, como en una pintura antigua, se filtran haces de luz. Baja la vista, descubre que el viejo camina hacia la sombra de un galpón. Corre para alcanzarlo.
-Disculpe, ¿no me oyó?, vengo por caracoles. Un pedido.
-Venga, vamos a sentarnos ahí. Ya estoy grande y me canso. ¿De donde dice que viene usted?
-¿Eh?, ¿de donde?, ¿ups!, ya estoy igual. Lo siento, no quise decir…
-¿Qué?
-No, nada. Vengo de Gastronomía del …
El viejo levanta la mano indicando silencio. Acomoda una silla y le indica la otra. Permanecen sin decir nada. El viento otra vez. Voltea al cielo, una nube le parece que forma un dragón, no puede evitar sonreír. Unos gorrioncillos se le acercan, picotean el pasto, se voltean hacia el, lo observan, vuelan hacia las ramas de un eucalipto. Llega el olor.
-¡Es alfalfa!, la recuerdo, de la granja de un tío.
-Si, es su tiempo, la están cosechando. Hacen pacas para los borregos.
-Hacía tiempo que no olía ese olor y los pajarillos…
-Si.
-Es curioso, hacía mucho que no tenía esta sensación. Hay mucho silencio.
-Estamos lejos de la ciudad.
-Aún así, apenas se oye el ruido de las hojas. Y la quietud que se siente… es rara.
Voltea al cielo. Hay más nubes. Juegan a dibujar figuras. Adivina un perro, un pino de navidad, ¿una ardilla renga?
-Oiga, ¿donde se escondió la ardilla?
-Allá, en la esquina de la cerca. Juega conmigo, hace como que fuera fantasma. Le dejo migajas y las toma cuando cree que no la veo.
Ha pasado hora y media. El viejo relata como conoció la ardilla. La encontró herida una mañana. La llevó a casa y le curó la patita. A los quince días la liberó.
-¿Hay conejos?
-No, hay liebres, pero muy ariscas. Chillan como niños cuando hace frío, les dejo comida y hasta entonces me dejan dormir.
Dos horas y media. El cielo se tiñe de gris. Al poniente las nubes se tornan rojizas. El viento se hace más fresco. El teléfono del vehículo suena, no hay quien conteste. Tres horas.
-Este café que tomamos es de talega. Los granos los tostamos aquí mismo, con azúcar, para que pinte.
-Sabroso, hacía tiempo que no probaba uno así.
Se movieron hacia dentro de la casa.
-Aquí no se siente el frío. Voy a encender la chimenea y calentar la cena, tengo pavo.
-Gracias. De verdad no sentí cuando quedé dormido en la silla.
-No se preocupe. Se ve que estaba cansado. Con la cena se va a sentir mejor todavía.
Ocho horas. El teléfono ha seguido llamando. El joven despachó su comida y duerme placidamente en un sillón frente al fuego. El viejo lo cubre con una gruesa manta de lana. Lo observa en silencio y adivina lo que va a suceder. Comienza a recordar; el caro y afamado restaurante, el orgullo de haberlo logrado, la fatiga que no había advertido, la curiosidad por experimentar un platillo nuevo para la cena de navidad, decidió comprar unos kilos de caracoles y al llegar a la granja, el aire acarició su pelo.


17 Comments:
Como lo mas seguro es que me vaya de vagaciones un par de dias, te dejo mi mas grande abrazo, Tony. Gracias eternas y totales por todo. Estamos, Tony, estamos.
Bob:
Estamos Bob. Gracias por tu visita y pasatela bien.
hermoso, Tony.
Un abrazo navideño para tí.
Me gusta tu blog, de hecho leí varios posts de un jalón. Creo que visitarte será algo necesario.
Cuídate y Feliz Navidad...
Hades:
Gracias... otro (enorme) abrazo para ti.
Psycho:
También gracias a ti (y otro abrazo).
Cómo se pierde el disfrute de la vida en el ritmo vertiginoso de las grandes ciudades...
Festina lente.
Feliz Natividad, Tony. Que esta fecha sea una bendición para todos.
Vas a comer caracoles? Ugh.
(prefiero el Vittel Thonet...)
Feliz Navidad, Tony!!!
Don Quixote, Laviga:
¡Feliz Navidad!!!...
...No se me antojan mucho los caracoles, pero en otra ocasion tal vez...
TE dejo un gran abrazo Tony, que tengas muchos días felices!!!
Felinita:
Como muchas cosas de esta vida, los caracoles son tan feos como sabrosos...
¡Otro abrazo!
Yo realmente NECESITO una granja de esas...URGE!!!
Feliz año nuevo, amigo.
Gusgo:
Tenemos que comer muchos caracoles, se avecina una nueva batalla por nuestro amigo Razor.
¡Feliz año!
Tony
Gracias por este sabio regalo; que pasa, que nos pasa o que me pasa. Por momentos el apuro y el sacrificio a costa de todo o casi todo me parece ser la formula del exito pero compartir espacios como este me va abriendo los ojos....
Muy bueno tu cuento.
Saludos
Wollys:
Que bueno que veniste. Que bueno que te gustó mi cuento. Que bueno que nos podemos acompañar.
Tony: sabías q de tu perfil desapareció el nombre del blog?
Te lo cuento porq quizá fué un error involuntario y si alguien q no te conoce quiere acceder desde un comentario q dejaste en algún blog, no lo puede hacer.
(Como ejemplo: Wolly pudo acceder porq yo te leía desde antes y te tenía en mis favoritos)
Besitos.
Turca:
Gracias... creo que ya lo corregí.
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